por Luis Cruzalegui. Me veo regresando al pueblo en donde crecí en aquellas primeras vacaciones de mis años en la universidad para per...

por Luis Cruzalegui.
Me veo regresando al pueblo en donde crecí en aquellas primeras vacaciones de mis años en la universidad para perderme y olvidarme de todo: De ir a nadar al río, de salir con los amigos, de jugar fulbito y de esas páginas fotocopiadas de El huerto de mi amada, la primera novela de Bryce que leí.  Tenía 17 años. Nunca había leído tanto como en aquellos días. Luego, perdido mi libro pirata y habiendo comprado una nueva edición que sacó El Comercio, encontré la primera edición en la FIL, con la foto en blanco y negro de aquel muchacho flaco y medio despistado en la carátula, la que había leído en mis vacaciones, pero no eran hojas fotocopiadas ni estaban mal compaginadas: 23 soles pagué. Cuando llegué a mi casa, quise hojear  sólo las primeras páginas, pero no pude parar hasta terminarla… Años antes, recuerdo haberle leído algunas partes de esa novela a una ex enamorada. Y una vez, mientras navegaba en internet, encontré un blog de música que me enganchó. El perfil de quien lo administraba mencionaba El huerto de mi amada como uno de sus favoritos. Quise pensar que la administradora debía ser una chica, y  conocerla… Así es mi relación con Bryce y sus libros. Cada uno tiene un momento que recuerdo claramente.

Nunca me gustaron las fotografías tamaño carné. Desde pequeño salía más feo que Quasimodo. De acuerdo, reconozco que soy poco agraciad...



Nunca me gustaron las fotografías tamaño carné. Desde pequeño salía más feo que Quasimodo. De acuerdo, reconozco que soy poco agraciado pero digamos, que las fotos, flaco favor me hacían. Por más que mi mamá se esmerara en lavarme la cara, peinarme con gotitas de limón o corregirme al momento de la fotografía (“Levanta la cara”, “Abre más los ojos”, “Inclínate un poquito a la derecha”), nada de eso funcionaba, sentía que en cada disparo del flash me iba desfigurando como el retrato de Dorian Gray.

Por eso, para mí fue un castigo sacado de la santa inquisición, cuando los negocios empezaron a regalar por cada media docena de fotos, una instantánea grande, artística decían, con pose de medio lado y mano en la barbilla. Eso significaba una sola cosa, ampliar mi vergüenza, mis defectos, mi degradación extrema.

Un relato de Truman Capote .  Se publicó originalmente en la revista Mademoiselle en 1956, pero se volvió popular porque Cap...

Un relato de
Truman Capote




Se publicó originalmente en la revista Mademoiselle en 1956, pero se volvió popular porque Capote y Random House decidieron editarlo como un libro independiente en 1966, el mismo año en el que se había publicado la que sin duda es su obra más importante y celebrada: A sangre Fría. El cuento largo se convirtió así en un éxito comercial que tuvo incluso más de una adaptación televisiva. Curiosamente, Un recuerdo de Navidad se ambienta en la modesta niñez que vivió Capote en Alabama, en el seno de su familia materna. Su protagonista, una mujer casi anciana pero anclada en su niñez y soledad, es descrita como la única amiga del narrador, un niño de siete años. Son dos personajes a quienes hermana la inocencia y un entusiasmo entrañable por las navidades que Capote, con maestría, jamás deja caer en lo cursi.


Un recuerdo de Navidad

Imaginen una mañana a fines de noviembre. Una mañana al comienzo del invierno, hace más de veinte años. Piensen en la cocina de un viejo caserón de pueblo. Su característica principal es una estufa negra enorme; pero tiene también una mesa redonda muy grande y una chimenea con un par de mecedoras, frente a ella. Precisamente hoy comienza la estufa su temporada de rugidos.


Una mujer de gastado pelo blanco está de pie junto a la ventana de la cocina. Tiene puestas unas zapatillas de tenis y un pulóver gris muy deformado sobre un veraniego vestido de algodón. Es pequeña y vivaz, como una gallina bantam; pero tiene los hombros horriblemente encorvados, debido a una prolongada enfermedad juvenil. Su rostro es notable, semejante al de Lincoln, igual de marcado, y teñido por el sol y el viento; pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y expresión tímida.


—¡Dios mío! —exclama, y su aliento empaña el cristal—.¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!


Miró al Gato y nos dijo Que Tres-Patines Que estaba de Salida, conseguiría Hierba. Y lo hizo. La Chinita, Lucho, Hugo, Y César, qu...

Miró al
Gato y nos dijo
Que Tres-Patines
Que estaba de
Salida, conseguiría
Hierba.
Y lo hizo.
La Chinita,
Lucho,
Hugo,
Y César, que estuvo
En el Klinoso
No sé cómo le dice
El Co-Director científico
A la mazmorra,
Fumaron mariguana
En el salón de
Billar.
El Universo existe y
Su Director sabe
Más.
Estamos de acuerdo
Con Roberto Carlos:
Qué es la vida, yo
No sé.


Una crónica de Javier Baldeón.  E l avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis horas de viaje con e...

Una crónica de Javier Baldeón. 

El avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis horas de viaje con escala en Madrid, en donde durmió las tres que estuvo en el aeropuerto.  Aún se sobaba los ojos cuando le dijeron que podía bajarse. Afuera la recibió un silbido gélido y la intemperie estrellada. En el horizonte, como sombras geométricas endureciendo la noche, se alzaban las pirámides.

Giza está apenas a veinte kilómetros de El Cairo me explica, las pirámides se pueden ver desde allí. Hay unos reflectores enormes que siempre están prendidos.
Encontrar la salida del aeropuerto premió su paso por los controles. La madrugada no había despoblado las calles. Decenas de hombres llamaban en distintas lenguas a los turistas. Identificó a los que hablaban español y, entre ellos, a los de su agencia.

¿No sintió miedo de estar sola?
Ni me acuerdo. Lo que quería era irme a dormir ya, ya, para despertarme y comenzar a conocer el país.

El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente h...



El pianista se sienta, tose por prejuicio y se concentra un instante. Las luces en racimo que alumbran la sala declinan lentamente hasta detenerse en un resplandor mortecino de brasa, al tiempo que una frase musical comienza a subir en el silencio, a desenvolverse, clara, estrecha y juiciosamente caprichosa.

“Mozart, tal vez” —piensa Brígida. Como de costumbre se ha olvidado de pedir el programa. Mozart, tal vez, o Scarlatti…” ¡Sabía tan poca música! Y no era porque no tuviese oído ni afición. 

De niña fue ella quien reclamó lecciones de piano; nadie necesitó imponérselas, como a sus hermanas. Sus hermanas, sin embargo, tocaban ahora correctamente y descifraban a primera vista, en tanto que ella… Ella había abandonado los estudios al año de iniciarlos. La razón de su inconsecuencia era tan sencilla como vergonzosa: jamás había conseguido aprender la llave de Fa, jamás. “No comprendo, no me alcanza la memoria más que para la llave de Sol”. ¡La indignación de su padre! “¡A cualquiera le doy esta carga de un infeliz viudo con varias hijas que educar! ¡Pobre Carmen! Seguramente habría sufrido por Brígida. Es retardada esta criatura”.
Brígida era la menor de seis niñas, todas diferentes de carácter. Cuando el padre llegaba por fin a su sexta hija, lo hacía tan perplejo y agotado por las cinco primeras que prefería simplificarse el día declarándola retardada. “No voy a luchar más, es inútil. Déjenla. Si no quiere estudiar, que no estudie. Si le gusta pasarse en la cocina, oyendo cuentos de ánimas, allá ella. Si le gustan las muñecas a los dieciséis años, que juegue”. Y Brígida había conservado sus muñecas y permanecido totalmente ignorante.

¡Qué agradable es ser ignorante! ¡No saber exactamente quién fue Mozart; desconocer sus orígenes, sus influencias, las particularidades de su técnica! Dejarse solamente llevar por él de la mano, como ahora.

Por Joe Sánchez Desde que te conozco voy en busca de ese poema, ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha, la m...

Por Joe Sánchez



Desde que te conozco voy en busca de ese poema,
ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,
la música se suspende en un hilo donde cuelga tristemente tu
recuerdo.
Eduardo Chirinos


Silencio. Respiración profunda. Trash. Trash. Trash. Pasos lentos, pesados, adoloridos, que se arrastran en la gravilla. El Vilcanota, con sus turbias aguas, también parece emanar melancolía. Tenemos que seguir, le digo cuando tomamos un descanso. Ella levanta la mirada, ensaya una sonrisa que termina por desdibujarse en su rostro serio, cansado. Es su rodilla, lo sé y siento algo de culpa. Sé también que no quiere que me preocupe, que intente protegerla, porque yo nunca me voy a perder, siempre voy a encontrar el camino, así que no, nunca vuelvas por mí. Lo dijo después de haberla perdido en el Colca1, ni más ni menos, cuando avasallado por el yerro de haberla dejado atrás, en un caminito resbaladizo que descendía por el Cañón, volví a subir y bajar dos veces (con el corazón que se me salía del pecho) tratando de ubicarla. De eso hace unos días y su rostro enojado distaba mucho del de ahora. Sigo caminando por los rieles del tren, el sol está a punto de ocultarse y no tenemos linternas. Detrás viene ella cabizbaja, pensando quién sabe en qué. No fue tu culpa, me dirá al día siguiente disculpándose por su ensimismamiento, por ese mutismo prolongado. Atrás quedan Aguas Calientes y Machu Picchu y los amigos colombianos con los que compartimos el camino; más atrás, Cusco y Arequipa y el Colca, días trajinados, anecdóticos, bien vividos. Cruzamos el puente de hierro ya en tinieblas y es el chirrr, chirrr, chirrr… de las cigarras y el destello intermitente de las luciérnagas que nos hacen el pasillo al final de la travesía.

Camino a Machu Picchu por los rieles del tren.

Nikolái Ilich Beliáyev, propietario de unas casas en Petersburgo, aficionado a las carreras de caballos, hombre joven, de unos treint...



Nikolái Ilich Beliáyev, propietario de unas casas en Petersburgo, aficionado a las carreras de caballos, hombre joven, de unos treinta y dos años, bien nutrido, sonrosado, entró una vez al caer la tarde a ver a la señora Írnina Olga Ivánovna, con la cual vivía —o, según él, arrastraba— una aburrida y larga novelita de amor. Y en realidad, las primeras páginas de esta novela, interesantes y arrebatadas, habían sido leídas hacía ya tiempo; ahora las páginas se hacían largas, siempre largas, sin ofrecer nada nuevo ni interesante. No encontrando a Olga Ivánovna en casa, se tendió en una otomana del salón y se dispuso a esperar.
—¡Buenas tardes, Nikolái Ilich! —oyó decir a una voz de niño—. Mamá vendrá enseguida. Ha ido con Sonia a la modista.
En el mismo salón estaba echado en un diván el hijo de Olga Ivánovna, Aliosha, un muchacho de unos ocho años, esbelto, bien cuidado, vestido como un figurín, con una chaquetita de terciopelo y largas medias negras. Yacía sobre una almohada de raso e, imitando al parecer a un acróbata al que había visto no hacía mucho en el circo, lanzaba en alto ora una pierna ora la otra. Cuando las elegantes piernas se fatigaban, ponía en movimiento los brazos, o saltaba bruscamente, se ponía a cuatro patas y procuraba sostenerse cabeza abajo. Todo esto con una cara muy seria, resoplando como si le martirizaran, y habríase dicho que ni él mismo estaba contento de que Dios le hubiera dado un cuerpo tan inquieto.

Matemático de profesión, burócrata por necesidad, crítico eventual y, luego, administrador de un teatro, el irlandés Abraham Stoker (más ...


Matemático de profesión, burócrata por necesidad, crítico eventual y, luego, administrador de un teatro, el irlandés Abraham Stoker (más conocido como Bram) había escrito varios relatos de tipo gótico antes de afrontar la que sería su novela más importante: Drácula. Para componerla bebió de diferentes fuentes. La más conocida es la biografía de un personaje histórico real, Vlad Drăculea, un príncipe de  la Valaquia medieval que luchó contra el avance otomano en el este de Europa y que es considerado un héroe en su país (Rumanía). Pero su mayor fama se debe a la extrema crueldad con la que trató a quienes se oponían a su poder (lo que le valió el sobrenombre de Tepes, "El Empalador", por su forma de tortura favorita). Su legendaria "sed de sangre" sirvió de sustento a historias que encontraban el origen de su conducta en las legandarias criaturas fantásticas del folclor centroeuropeo. Estos elementos se combinaron en la mente de Stoker con una experiencia más ordinaria que tuvo el autor: Una pesadilla. En efecto, gracias a unas notas que tomó en 1890, sabemos que soñó una escena en la que varias mujeres hermosas intentan "besar en la garganta" a un joven aterrado (quizá el primer atisbo del protagonista de la obra: Johnatan Harker), acto que es intempestivamente interrumpido por un viejo conde celoso.


Bram Stoker (1847-1912)

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mi...


No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Edgar Allan Poe, por CrisVector


Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.