Una crónica de Javier Baldeón.
El avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis
horas de viaje con escala en Madrid, en donde durmió las tres que estuvo en el
aeropuerto. Aún se sobaba los ojos
cuando le dijeron que podía bajarse. Afuera la recibió un silbido gélido y la
intemperie estrellada. En el horizonte, como sombras geométricas endureciendo
la noche, se alzaban las pirámides.
—Giza está apenas a veinte
kilómetros de El Cairo —me
explica—, las pirámides se
pueden ver desde allí. Hay unos reflectores enormes que siempre están prendidos.
Encontrar la salida del aeropuerto premió su paso por los
controles. La madrugada no había despoblado las calles. Decenas de hombres llamaban
en distintas lenguas a los turistas. Identificó a los que hablaban español y,
entre ellos, a los de su agencia.
—¿No
sintió miedo de estar sola?
—Ni me
acuerdo. Lo que quería era irme a dormir ya, ya, para despertarme y comenzar a
conocer el país.


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