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Una crónica de Javier Baldeón.  E l avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis horas de viaje con e...

Una crónica de Javier Baldeón. 

El avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis horas de viaje con escala en Madrid, en donde durmió las tres que estuvo en el aeropuerto.  Aún se sobaba los ojos cuando le dijeron que podía bajarse. Afuera la recibió un silbido gélido y la intemperie estrellada. En el horizonte, como sombras geométricas endureciendo la noche, se alzaban las pirámides.

Giza está apenas a veinte kilómetros de El Cairo me explica, las pirámides se pueden ver desde allí. Hay unos reflectores enormes que siempre están prendidos.
Encontrar la salida del aeropuerto premió su paso por los controles. La madrugada no había despoblado las calles. Decenas de hombres llamaban en distintas lenguas a los turistas. Identificó a los que hablaban español y, entre ellos, a los de su agencia.

¿No sintió miedo de estar sola?
Ni me acuerdo. Lo que quería era irme a dormir ya, ya, para despertarme y comenzar a conocer el país.

Por: Javier Baldeón Una familia vuelve a su casa. Se la ve cansada, sucia, hambrienta. El viaje debe de haber sido largo. Cuando tod...

Por: Javier Baldeón


Una familia vuelve a su casa. Se la ve cansada, sucia, hambrienta. El viaje debe de haber sido largo. Cuando todo parece seguro, se oye un llanto de bebé y aparece un hombre, un intruso: Igual de sucio, con un rifle en la mano y seguido de una mujer con un pequeño en brazos. El padre de la familia recién llegada le asegura que habrá alimento para todos. El otro solo oye una vez, apunta el arma y le arranca la cabeza de un balazo. Lo que queda de la familia, una mujer y sus dos hijos, huyen entre sollozos y manchados por la masa sanguinolenta que esparció el disparo. Ninguna música de fondo, ningún cambio en el encuadre de la cámara o el rostro del actor, nada hacía prever lo que se avecinaba. La escena solo necesitó dos planos y un par de minutos para mostrarnos todo ese horror. Y con suma sequedad, con precisión helada. Cuando acaba, el llanto del niño es el mismo. También los grillos que cantan afuera. La vida transcurre impasible, indiferente a la explosión violenta. Ese es Haneke.

Fotograma de Caché (2005)