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Por Oswaldo Reynoso La imagen de una enorme y temible Lima, que el zapatero había construido en nuestra imaginación infantil, aú...



Por Oswaldo Reynoso



La imagen de una enorme y temible Lima, que el zapatero había construido en nuestra imaginación infantil, aún estaba presente en nuestros sueños provincianos.

Pero una mañana de verano, un joven pálido, delgado y menudo apareció en el parque. Y esa misma noche, después de la comida, en todo el barrio se habló del foráneo. Su presencia había alborotado la curiosidad beata del vecindario. Se supo que llegaba de la capital y que, además, se alojaba en casa de los Ramírez. Entonces, nuestras madres se pusieron rígidas y miedosas, pues los Ramírez eran una familia de extrañas y reprobables costumbres limeñas. Siempre se comentó acremente la conducta, nada hogareña, de la señora Ramírez de no ir al mercado, de no cocinar en su casa y de mandar a traer de cualquier fonda la comida o el almuerzo.

Después de provincianas suposiciones, las señoras llegaron a la conclusión de que el joven y nuevo vecino era un peligro para sus hijas. Creían y sostenían que todo limeño era corrompido y, además, tuberculoso. Y esa misma noche, al joven capitalino le pusieron el apodo de "El Tísico Limeño". Pero nosotros, los muchachos, acordamos llamarlo tan sólo "El Limeño".

Para Alberto Cubas Fue la Seguridad Social inglesa la culpable de mi malsana vocación por los médicos y los hospitales en ge...





Para Alberto Cubas


Fue la Seguridad Social inglesa la culpable de mi malsana vocación por los médicos y los hospitales en general. Toda amenaza de infarto, malaria africana, trombosis o derrame, podía ser conjurada a cualquier hora del día o de la noche, sin gastar un cobre, con sólo trasponer las altas puertas de algún nosocomio londinense. Mágicos recintos en donde me libré de grandes y súbitos males, siempre minutos antes de la aparición del primer síntoma. Eran impecables.
El Saint Mary, de Old Brompton Road, se hallaba a la vuelta de mi casa. Y, claro está, fui su parroquiano más asiduo. Aunque, en verdad, la oferta era variada. Todos los hospitales de Londres tenían sus entradas de emergencia a mi disposición. Algunos eran modernos y otros, más bien, vetustos edificios victorianos. Pero me acostumbré a no hacer distingos. Así, como quien compra cigarrillos, les caía de sorpresa y de manera estrepitosa cada vez que, a mi ver y entender, la insolente Parca me hacía una señal.
Al principio, los galenos se mostraban incrédulos. Tuve que ingeniármelas para ofrecer, dado el caso, algunos malestares convincentes. Con el tiempo me volví un experto. No era cuestión de quejarse, así nomás, sin ton ni son. Yo bien sabía que detrás del esternón irradiaba el dolor del infarto, que la úlcera al duodeno (aunque usted no lo crea) se podía anunciar en el hombro derecho y que un simple hormigueo podía dar inicio a un sólido derrame cerebral. En aquellos días, el olor del ácido muriático y los fríos metales del estetoscopio hicieron parte de mi felicidad.

Por Gabriel García Márquez A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba...




Por Gabriel García Márquez



A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: "¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?". Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras. Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.