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Nunca me gustaron las fotografías tamaño carné. Desde pequeño salía más feo que Quasimodo. De acuerdo, reconozco que soy poco agraciad...



Nunca me gustaron las fotografías tamaño carné. Desde pequeño salía más feo que Quasimodo. De acuerdo, reconozco que soy poco agraciado pero digamos, que las fotos, flaco favor me hacían. Por más que mi mamá se esmerara en lavarme la cara, peinarme con gotitas de limón o corregirme al momento de la fotografía (“Levanta la cara”, “Abre más los ojos”, “Inclínate un poquito a la derecha”), nada de eso funcionaba, sentía que en cada disparo del flash me iba desfigurando como el retrato de Dorian Gray.

Por eso, para mí fue un castigo sacado de la santa inquisición, cuando los negocios empezaron a regalar por cada media docena de fotos, una instantánea grande, artística decían, con pose de medio lado y mano en la barbilla. Eso significaba una sola cosa, ampliar mi vergüenza, mis defectos, mi degradación extrema.

Una crónica de Javier Baldeón.  E l avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis horas de viaje con e...

Una crónica de Javier Baldeón. 

El avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis horas de viaje con escala en Madrid, en donde durmió las tres que estuvo en el aeropuerto.  Aún se sobaba los ojos cuando le dijeron que podía bajarse. Afuera la recibió un silbido gélido y la intemperie estrellada. En el horizonte, como sombras geométricas endureciendo la noche, se alzaban las pirámides.

Giza está apenas a veinte kilómetros de El Cairo me explica, las pirámides se pueden ver desde allí. Hay unos reflectores enormes que siempre están prendidos.
Encontrar la salida del aeropuerto premió su paso por los controles. La madrugada no había despoblado las calles. Decenas de hombres llamaban en distintas lenguas a los turistas. Identificó a los que hablaban español y, entre ellos, a los de su agencia.

¿No sintió miedo de estar sola?
Ni me acuerdo. Lo que quería era irme a dormir ya, ya, para despertarme y comenzar a conocer el país.

Por Joe Sánchez Desde que te conozco voy en busca de ese poema, ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha, la m...

Por Joe Sánchez



Desde que te conozco voy en busca de ese poema,
ya es de noche. Los relojes se detienen cansados en su marcha,
la música se suspende en un hilo donde cuelga tristemente tu
recuerdo.
Eduardo Chirinos


Silencio. Respiración profunda. Trash. Trash. Trash. Pasos lentos, pesados, adoloridos, que se arrastran en la gravilla. El Vilcanota, con sus turbias aguas, también parece emanar melancolía. Tenemos que seguir, le digo cuando tomamos un descanso. Ella levanta la mirada, ensaya una sonrisa que termina por desdibujarse en su rostro serio, cansado. Es su rodilla, lo sé y siento algo de culpa. Sé también que no quiere que me preocupe, que intente protegerla, porque yo nunca me voy a perder, siempre voy a encontrar el camino, así que no, nunca vuelvas por mí. Lo dijo después de haberla perdido en el Colca1, ni más ni menos, cuando avasallado por el yerro de haberla dejado atrás, en un caminito resbaladizo que descendía por el Cañón, volví a subir y bajar dos veces (con el corazón que se me salía del pecho) tratando de ubicarla. De eso hace unos días y su rostro enojado distaba mucho del de ahora. Sigo caminando por los rieles del tren, el sol está a punto de ocultarse y no tenemos linternas. Detrás viene ella cabizbaja, pensando quién sabe en qué. No fue tu culpa, me dirá al día siguiente disculpándose por su ensimismamiento, por ese mutismo prolongado. Atrás quedan Aguas Calientes y Machu Picchu y los amigos colombianos con los que compartimos el camino; más atrás, Cusco y Arequipa y el Colca, días trajinados, anecdóticos, bien vividos. Cruzamos el puente de hierro ya en tinieblas y es el chirrr, chirrr, chirrr… de las cigarras y el destello intermitente de las luciérnagas que nos hacen el pasillo al final de la travesía.

Camino a Machu Picchu por los rieles del tren.

 Un relato de Gianni Alfredo Biffi publicado en "Su póliza no cubre esta eventulidad, Sr. Samsa" T hen time will tell just ...


 Un relato de Gianni Alfredo Biffi publicado en "Su póliza no cubre esta eventulidad, Sr. Samsa"


Then time will tell just who fell
And who’s been left behind
Bob Dylan, “Most Likely You Go Your Way And I'll Go Mine”



La llamada me tomó desprevenido y debo confesar que cuando reconocí su voz, pasó por mi mente, por un instante, la infantil idea de intentar reproducir con mi boca el pitido que hace una línea cuando está fuera de servicio y colgar el teléfono. Una excusa simple hubiera sido suficiente para evitar verla, pero no se me ocurrió nada, ningún modo de escaparme, y me oí aceptando, entre balbuceos, su invitación.


***

Habían pasado doce años desde el día en que la acompañé al aeropuerto, esperando a que abordara un avión rumbo a Alemania. Tuvimos una relación y compartimos esa parte de la vida que es un territorio incierto, un horizonte repleto de posibilidades, el momento en que, consciente o no, tomas las decisiones que definen tu carácter y tu vida de adulto. 


Nos despedimos pensando que cuando volviéramos a vernos, ella sería una pintora que expone sus cuadros en galerías y yo, un autor publicado. Ahí empezó la bifurcación de nuestros destinos.

Por los correos electrónicos que me enviaba, y por amigos comunes, me enteraba de sus continuos logros. Empecé a situarme en relación con ella, a construir mi vida con un ojo puesto en la suya. Cada cierto tiempo estiraba el cuello, tratando de mirar cómo le iba a través de ese periscopio que son las redes sociales. Sofía se convirtió así en la única medida estándar donde yo podía sopesar mis propios progresos.

Pronto comprendí que había perdido la partida. Ella viajó con timón y brújula, mientras que yo me había movido con una venda en los ojos, como un hombre que camina desorientado por la terminal de una ciudad desconocida, esperando un tren que nunca llega. Me fui rezagando en la carrera, y todo quedó decidido: ella tendría una vida estructurada y melódica, mientras que la mía permanecería detenida, intempestivamente, a mitad de un compás, como una aguja que se queda atascada en el disco de un fonógrafo, un loop de rutinas, el día de la marmota. 

Por Manuel Terrones.  A nadie debe serle familiar el nombre de Roberto Nolasco, escritor pisqueño cuya figura, posible gran prom...

Por Manuel Terrones. 


A nadie debe serle familiar el nombre de Roberto Nolasco, escritor pisqueño cuya figura, posible gran promesa de las letras peruanas, pasó desapercibida debido a su casi nula producción. Casi, digo, porque un hallazgo que realicé hace unos días en el conocido jirón Amazonas del centro de Lima podría salvar a este pensador de su injusta permanencia en el anonimato. Para empezar, me llamó la atención encontrar entre las ofertas de libros de un sol una libreta, escrita con tinta azul y una caligrafía apresurada que revelaba su ansiedad por comunicar. El vendedor, que no supo explicar su procedencia, accedió a regalármelo al ver que llevaría conmigo un par de viejos Anagramas forrados con vinifan y un poemario de César Moro. De vuelta a casa confirmé que las anotaciones llenaban la libreta y que, a pesar de los rápidos trazados, se podía leer con comodidad el contenido, fechado en los primeros meses del año 1953.

Por: Yasser Zola. Y me pregunto ¿Quién es este ser dorado? La arena es una cortina endeble. El sol hace juego con ella, pero es permanen...

Por: Yasser Zola.

Y me pregunto ¿Quién es este ser dorado? La arena es una cortina endeble. El sol hace juego con ella, pero es permanente.  Y me pregunto ¿Es aquél un representante del sol? Su piel es extraña. De un color vibrante. Casi amarillo. Y me pregunto ¿Me guiará a la salida de este torpe laberinto? Y como respuesta el ser dorado ha liberado a otro ser. Es un ser que flota. ¿Nada en el aire? ¿Qué es este nuevo ser? Me asusta. ¿Será venenoso? ¿Su ponzoña actuará de inmediato? El ser-ave se expande y aletea. Corro hacia él para defenderme, pero ya muy cerca, se ha contraído. ¿Quién ha gemido en sonido de jauría? Recién me he percatado. Son otros seres que están alrededor. Son como el ser dorado pero sin brillo. ¿Qué hacen allí? ¿Están atrapados como yo? ¿Por qué no bajan en manada para terminar este hostigamiento?
Detalle del último cartel diseñado para una corrida en Barcelona, en 2011, del artista español Miguel Barceló. 

El ser-ave se ha expandido y nuevamente aletea. ¿Así es como esparce su veneno? Corro nuevamente hacia él. Busco lastimarlo para que detenga este baile de muerte. Nuevamente la jauría ha gemido. Un gemido de éxtasis fuera de lugar en este juego de miedo. ¿Estarán bajo un hechizo? ¿Es el delirio causado por el veneno del ser-ave? Y éste de nuevo se ha contraído. Es muy ágil ¿A cuántos como yo habrá lastimado? ¿Y el ser dorado no lo ha detenido? Con esa piel de dios lejano y ¿no puede intervenir?

Por: Pablo Ignacio Chacón. A diferencia de lo que ocurre cuando ves una película o escuchas música,  ante un libro no es la obra si no tú...

Por: Pablo Ignacio Chacón.

A diferencia de lo que ocurre cuando ves una película o escuchas música,  ante un libro no es la obra si no tú el que decide la velocidad a la que irrumpe en tu cerebro. Puedes poner "pausa" las veces que quieras pero también "rebobinar", releer y re imaginar una escena que acabas de leer de una manera completamente distinta: Con otros colores, otras caras, otro sonido de fondo, otra temperatura, más o menos luz o hasta olores particulares. Y puedes hacer todo eso sin que el libro deje de ser el mismo que estabas leyendo hace sólo un momento. Incluso puedes darte el lujo de retirarlo de tu vista y quedarte mirando al frente (a la pared o a la nuca del pasajero que está en el asiento de adelante del bus) pensando en lo qué harías o sentirías tú si en vez de ser el anodino protagonista de tu propia y olvidable historia fueras uno de los personajes del cuento o la novela que estás leyendo. Y lo mejor de todo es que esa "pausa para volar" no será una interrupción real de tu lectura, sino parte esencial de ella. Es la forma que tiene un libro para colonizar el espacio que hay afuera de él e inundar -a veces sólo por un momento, a veces para el resto de tu vida- tu realidad.

No he leído todo lo que quisiera y, mucho menos, todo lo que debería haber leído, pero he tenido la suerte de experimentar esas sensaciones más de una vez gracias a textos memorables. Pero  admito que me había pasado tanto en un solo libro, como me ha  ocurrido con Guerra y Paz.


A propósito de uno de los puntos culminantes de la historia, el incendio de Moscú. 

Hipérboles aparte, es seguro que eso se debe al momento en que leí esta novela pero, también, a que en ella ocurren tantas cosas, se dicen tantas frases ingeniosas y cohabitan tantos personajes complejos y creíbles que es inevitable sentirse desbordado. Todos los cánones la consideran y un montón de tratados la desmigajan. Y solo por eso es probable que una sola lectura sea insuficiente para ganarme el derecho de comentarla por escrito... Pero, la verdad, mientras leía y hacía esas "pausas" que mencionaba al principio, los dedos me picaban y no podía evitar tomar apuntes. Tengo que ponerlos en algún lado. Así que ahí van...

Por: Javier Baldeón Una familia vuelve a su casa. Se la ve cansada, sucia, hambrienta. El viaje debe de haber sido largo. Cuando tod...

Por: Javier Baldeón


Una familia vuelve a su casa. Se la ve cansada, sucia, hambrienta. El viaje debe de haber sido largo. Cuando todo parece seguro, se oye un llanto de bebé y aparece un hombre, un intruso: Igual de sucio, con un rifle en la mano y seguido de una mujer con un pequeño en brazos. El padre de la familia recién llegada le asegura que habrá alimento para todos. El otro solo oye una vez, apunta el arma y le arranca la cabeza de un balazo. Lo que queda de la familia, una mujer y sus dos hijos, huyen entre sollozos y manchados por la masa sanguinolenta que esparció el disparo. Ninguna música de fondo, ningún cambio en el encuadre de la cámara o el rostro del actor, nada hacía prever lo que se avecinaba. La escena solo necesitó dos planos y un par de minutos para mostrarnos todo ese horror. Y con suma sequedad, con precisión helada. Cuando acaba, el llanto del niño es el mismo. También los grillos que cantan afuera. La vida transcurre impasible, indiferente a la explosión violenta. Ese es Haneke.

Fotograma de Caché (2005)

 Por: Joe Sánchez. Raudo, sorteando baches y curvas cerradas, el bus avanza por la trocha sacudiendo su vieja carrocería. -¿Dónde...

 Por: Joe Sánchez.



Raudo, sorteando baches y curvas cerradas, el bus avanza por la trocha sacudiendo su vieja carrocería.

-¿Dónde estamos? -Pregunta una mujer soñolienta.
-Viraco, creo -responde su acompañante.
-Uy… falta todavía…