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Por Oswaldo Reynoso La imagen de una enorme y temible Lima, que el zapatero había construido en nuestra imaginación infantil, aú...



Por Oswaldo Reynoso



La imagen de una enorme y temible Lima, que el zapatero había construido en nuestra imaginación infantil, aún estaba presente en nuestros sueños provincianos.

Pero una mañana de verano, un joven pálido, delgado y menudo apareció en el parque. Y esa misma noche, después de la comida, en todo el barrio se habló del foráneo. Su presencia había alborotado la curiosidad beata del vecindario. Se supo que llegaba de la capital y que, además, se alojaba en casa de los Ramírez. Entonces, nuestras madres se pusieron rígidas y miedosas, pues los Ramírez eran una familia de extrañas y reprobables costumbres limeñas. Siempre se comentó acremente la conducta, nada hogareña, de la señora Ramírez de no ir al mercado, de no cocinar en su casa y de mandar a traer de cualquier fonda la comida o el almuerzo.

Después de provincianas suposiciones, las señoras llegaron a la conclusión de que el joven y nuevo vecino era un peligro para sus hijas. Creían y sostenían que todo limeño era corrompido y, además, tuberculoso. Y esa misma noche, al joven capitalino le pusieron el apodo de "El Tísico Limeño". Pero nosotros, los muchachos, acordamos llamarlo tan sólo "El Limeño".