Por: Javier Baldeón
Una familia vuelve a su casa. Se la ve
cansada, sucia, hambrienta. El viaje debe de haber sido largo. Cuando todo
parece seguro, se oye un llanto de bebé y aparece un hombre, un intruso: Igual
de sucio, con un rifle en la mano y seguido de una mujer con un pequeño en
brazos. El padre de la familia recién llegada le asegura que habrá alimento
para todos. El otro solo oye una vez, apunta el arma y le arranca la cabeza de
un balazo. Lo que queda de la familia, una mujer y sus dos hijos, huyen entre
sollozos y manchados por la masa sanguinolenta que esparció el disparo. Ninguna
música de fondo, ningún cambio en el encuadre de la cámara o el rostro del
actor, nada hacía prever lo que se avecinaba. La escena solo necesitó dos
planos y un par de minutos para mostrarnos todo ese horror. Y con suma
sequedad, con precisión helada. Cuando acaba, el llanto del niño es el mismo. También
los grillos que cantan afuera. La vida transcurre impasible, indiferente a la
explosión violenta. Ese es Haneke.
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Por: Javier Baldeón Una familia vuelve a su casa. Se la ve cansada, sucia, hambrienta. El viaje debe de haber sido largo. Cuando tod...
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