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Nikolái Ilich Beliáyev, propietario de unas casas en Petersburgo, aficionado a las carreras de caballos, hombre joven, de unos treint...



Nikolái Ilich Beliáyev, propietario de unas casas en Petersburgo, aficionado a las carreras de caballos, hombre joven, de unos treinta y dos años, bien nutrido, sonrosado, entró una vez al caer la tarde a ver a la señora Írnina Olga Ivánovna, con la cual vivía —o, según él, arrastraba— una aburrida y larga novelita de amor. Y en realidad, las primeras páginas de esta novela, interesantes y arrebatadas, habían sido leídas hacía ya tiempo; ahora las páginas se hacían largas, siempre largas, sin ofrecer nada nuevo ni interesante. No encontrando a Olga Ivánovna en casa, se tendió en una otomana del salón y se dispuso a esperar.
—¡Buenas tardes, Nikolái Ilich! —oyó decir a una voz de niño—. Mamá vendrá enseguida. Ha ido con Sonia a la modista.
En el mismo salón estaba echado en un diván el hijo de Olga Ivánovna, Aliosha, un muchacho de unos ocho años, esbelto, bien cuidado, vestido como un figurín, con una chaquetita de terciopelo y largas medias negras. Yacía sobre una almohada de raso e, imitando al parecer a un acróbata al que había visto no hacía mucho en el circo, lanzaba en alto ora una pierna ora la otra. Cuando las elegantes piernas se fatigaban, ponía en movimiento los brazos, o saltaba bruscamente, se ponía a cuatro patas y procuraba sostenerse cabeza abajo. Todo esto con una cara muy seria, resoplando como si le martirizaran, y habríase dicho que ni él mismo estaba contento de que Dios le hubiera dado un cuerpo tan inquieto.

Por: Pablo Ignacio Chacón. A diferencia de lo que ocurre cuando ves una película o escuchas música,  ante un libro no es la obra si no tú...

Por: Pablo Ignacio Chacón.

A diferencia de lo que ocurre cuando ves una película o escuchas música,  ante un libro no es la obra si no tú el que decide la velocidad a la que irrumpe en tu cerebro. Puedes poner "pausa" las veces que quieras pero también "rebobinar", releer y re imaginar una escena que acabas de leer de una manera completamente distinta: Con otros colores, otras caras, otro sonido de fondo, otra temperatura, más o menos luz o hasta olores particulares. Y puedes hacer todo eso sin que el libro deje de ser el mismo que estabas leyendo hace sólo un momento. Incluso puedes darte el lujo de retirarlo de tu vista y quedarte mirando al frente (a la pared o a la nuca del pasajero que está en el asiento de adelante del bus) pensando en lo qué harías o sentirías tú si en vez de ser el anodino protagonista de tu propia y olvidable historia fueras uno de los personajes del cuento o la novela que estás leyendo. Y lo mejor de todo es que esa "pausa para volar" no será una interrupción real de tu lectura, sino parte esencial de ella. Es la forma que tiene un libro para colonizar el espacio que hay afuera de él e inundar -a veces sólo por un momento, a veces para el resto de tu vida- tu realidad.

No he leído todo lo que quisiera y, mucho menos, todo lo que debería haber leído, pero he tenido la suerte de experimentar esas sensaciones más de una vez gracias a textos memorables. Pero  admito que me había pasado tanto en un solo libro, como me ha  ocurrido con Guerra y Paz.


A propósito de uno de los puntos culminantes de la historia, el incendio de Moscú. 

Hipérboles aparte, es seguro que eso se debe al momento en que leí esta novela pero, también, a que en ella ocurren tantas cosas, se dicen tantas frases ingeniosas y cohabitan tantos personajes complejos y creíbles que es inevitable sentirse desbordado. Todos los cánones la consideran y un montón de tratados la desmigajan. Y solo por eso es probable que una sola lectura sea insuficiente para ganarme el derecho de comentarla por escrito... Pero, la verdad, mientras leía y hacía esas "pausas" que mencionaba al principio, los dedos me picaban y no podía evitar tomar apuntes. Tengo que ponerlos en algún lado. Así que ahí van...