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Matemático de profesión, burócrata por necesidad, crítico eventual y, luego, administrador de un teatro, el irlandés Abraham Stoker (más ...


Matemático de profesión, burócrata por necesidad, crítico eventual y, luego, administrador de un teatro, el irlandés Abraham Stoker (más conocido como Bram) había escrito varios relatos de tipo gótico antes de afrontar la que sería su novela más importante: Drácula. Para componerla bebió de diferentes fuentes. La más conocida es la biografía de un personaje histórico real, Vlad Drăculea, un príncipe de  la Valaquia medieval que luchó contra el avance otomano en el este de Europa y que es considerado un héroe en su país (Rumanía). Pero su mayor fama se debe a la extrema crueldad con la que trató a quienes se oponían a su poder (lo que le valió el sobrenombre de Tepes, "El Empalador", por su forma de tortura favorita). Su legendaria "sed de sangre" sirvió de sustento a historias que encontraban el origen de su conducta en las legandarias criaturas fantásticas del folclor centroeuropeo. Estos elementos se combinaron en la mente de Stoker con una experiencia más ordinaria que tuvo el autor: Una pesadilla. En efecto, gracias a unas notas que tomó en 1890, sabemos que soñó una escena en la que varias mujeres hermosas intentan "besar en la garganta" a un joven aterrado (quizá el primer atisbo del protagonista de la obra: Johnatan Harker), acto que es intempestivamente interrumpido por un viejo conde celoso.


Bram Stoker (1847-1912)

No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mi...


No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.

Edgar Allan Poe, por CrisVector


Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.


Clemente Palma fue hijo de Ricardo, el gran tradicionalista peruano. A diferencia de este, sin embargo, alcanzó escasa celebridad t...


Clemente Palma fue hijo de Ricardo, el gran tradicionalista peruano. A diferencia de este, sin embargo, alcanzó escasa celebridad tras su muerte, lo que quizás se deba a una serie de hechos nada felices de su biografía. En 1897 sustentó en la Universidad de San Marcos la tesis “El porvenir de las razas en el Perú”, en donde sostiene que la población indígena, negra y asiática está condenada a desaparecer del país por decrépita e inferior. En 1917 calificó de “burradas” y “mamarrachos” los versos de un poema que un joven César Vallejo le había enviado con la esperanza de verlos publicados en la revista Variedades, donde Clemente era director. Entre 1919 y 1930 fue diputado y colaborador del leguiismo, el mismo régimen que había encarcelado o mandado al exilio a buena parte de los intelectuales de su época.
Pero Clemente Palma también fue un notable cuentista. Los críticos han llamado la atención sobre su estilo racional y oscuro, que se aleja de los temas costumbristas y jocosos que cultivó su padre. De la positiva influencia que asimiló de autores como Poe y Maupassant, o de la temprana introducción que hizo en el Perú de géneros literarios tan modernos como el fantástico o el de terror. En suma, Palma es poseedor de una obra cuyo valor debería ser aquilatado por sobre su vida. Recordar quién fue y las corrientes de pensamiento a las que se asimiló. Pero sin olvidar que merece una lectura que respete el criterio estético y haga justicia al talentoso escritor que fue. 

El cuento que compartimos a continuación fue publicado originalmente en 1901 y formaría parte después de la recopilación de sus relatos cortos (Cuentos Malévolos) aparecido en 1904. “Los ojos de Lina” suele figurar en antologías del cuento peruano y es catalogado, con justicia, el relato de mayor maestría de su autor. 
[Reseña por Javier Baldeón]

El texto que aquí consignamos, el relato más famoso y celebrado de su autor, fue publicado por primera vez  el 13 de noviembre de 1913 en...

El texto que aquí consignamos, el relato más famoso y celebrado de su autor, fue publicado por primera vez  el 13 de noviembre de 1913 en el diario limeño La Nación. Posteriormente Valdelomar lo publicaría junto con un grupo significativo de relatos en un volumen homónimo en 1918. 

La relación de una familia con un gallo de pelea es el eje central de este relato. En la imagen, una de las representaciones más antiguas de una pelea de gallos, mosaico romano existente en el Museo Nacional de Nápoles. Fotografía de Marie-Lan Nguyen, Wikimedia Commons.
EL CABALLERO CARMELO
Por: Abraham Valdelomar
I

Un día, después del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer, desde la reja, en el fondo de la plazoleta, un jinete en bellísimo caballo de paso, pañuelo al cuello que agitaba el viento, sanpedrano pellón de sedosa cabellera negra, y henchida alforja, que picaba espuelas en dirección a la casa.
Reconocímosle. Era el hermano mayor, que años corridos, volvía. Salimos atropelladamente gritando:
–¡Roberto, Roberto!
Entró el viajero al empedrado patio donde el ñorbo y la campanilla enredábanse en las columnas como venas en un brazo y descendió en los de todos nosotros. ¡Cómo se regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su tostada piel, encontrábalo viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada aún, Roberto recorría las habitaciones rodeados de nosotros; fue a su cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se habían comprado durante su ausencia, y llegó al jardín. 

Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contemplar la imagen de las generaciones que fueron, la novela ...




Si la historia es el espejo donde las generaciones por venir han de contemplar la imagen de las generaciones que fueron, la novela tiene que ser la fotografía que estereotipe los vicios y las virtudes de un pueblo, con la consiguiente moraleja correctiva para aquéllos y el homenaje de admiración para éstas.

 Es tal, por esto, la importancia de la novela de costumbres, que en sus hojas contiene muchas veces el secreto de la reforma de algunos tipos, cuando no su extinción.

 En los países en que, como el nuestro, la Literatura se halla en su cuna, tiene la novela que ejercer mayor influjo en la morigeración de las costumbres, y, por lo tanto, cuando se presenta una obra con tendencias levantadas a regiones superiores a aquéllas en que nace y vive la novela cuya trama es puramente amorosa o recreativa, bien puede implorar la atención de su público para que extendiéndole la mano la entregue al pueblo.