Por Oswaldo Reynoso La imagen de una enorme y temible Lima, que el zapatero había construido en nuestra imaginación infantil, aú...
Por Oswaldo Reynoso
La imagen de una enorme y temible Lima, que el zapatero había
construido en nuestra imaginación infantil, aún estaba presente en nuestros sueños
provincianos.
Pero una mañana de verano, un joven pálido, delgado y
menudo apareció en el parque. Y esa misma noche, después de la comida,
en todo el barrio se habló del foráneo. Su presencia había alborotado
la
curiosidad
beata del vecindario. Se supo que llegaba de la capital y
que,
además,
se alojaba en casa de los Ramírez. Entonces, nuestras madres se pusieron rígidas y
miedosas, pues los Ramírez eran una familia
de extrañas y reprobables costumbres limeñas. Siempre
se comentó acremente la conducta, nada hogareña, de la señora Ramírez de no ir al mercado,
de no cocinar en su casa y de mandar a traer de cualquier fonda la comida o
el almuerzo.
Después de provincianas suposiciones, las
señoras llegaron a la conclusión de que el joven y nuevo vecino era un peligro para sus hijas. Creían y
sostenían que todo limeño era corrompido y, además, tuberculoso. Y esa
misma noche, al joven capitalino le pusieron
el apodo de "El Tísico Limeño". Pero nosotros, los
muchachos, acordamos llamarlo tan sólo "El Limeño".
Nacido hace exactamente dos siglos, el norteamericano Walt Withman rompió los moldes de la poesía de su tiempo. Acabó con la rima y la ...
Nacido hace exactamente dos siglos, el norteamericano Walt Withman rompió los moldes de la poesía de su tiempo. Acabó con la rima y la métrica e inventó un tipo de canto lírico de oraciones largas que resultaba, al mismo tiempo, íntimo y grandilocuente.
"Divino soy interior y exteriormente, y santifico todo cuanto me toca o toco;
El olor de mis axilas es un aroma tan exquisito como la plegaria;
Esta cabeza mía vale más que templos,
biblias y que todas las creencias."
A diferencia de otros poetas que le precedieron, no le cantaba a las hazañas de los héroes, los sinsabores del amor ni a las angustias metafísicas, sino a la vida sencilla, a la amistad, a las relaciones sexuales, a la fraternidad universal y -en uno de sus rasgos más originales- a sí mismo.
«Me celebro y me canto a mi mismo.
Y lo que yo diga ahora de mi, lo digo de ti,
porque lo que yo tengo lo tienes tú
y cada átomo de mi cuerpo es tuyo también.
Vago... e invito a vagar a mi alma.
Vago y me tumbo a mi antojo sobre la tierra para ver cómo crece la hierba del verano.
Mi lengua y cada una de mis moléculas nacieron aquí,
de esta tierra y de estos vientos.
Me engendraron padres que nacieron aquí,de padres que engendraron otros padres que nacieron aquí,de padres hijos de esta tierra y de estos vientos también.
Tengo treinta y siete años. Mi salud es perfecta.
Y con mi aliento puro comienzo a cantar hoy y no terminaré mi canto hasta que muera.
Que se callen ahora las escuelas y los credos. Atrás. A su sitio....»
(Traducción de León Felipe)
Para Alberto Cubas Fue la Seguridad Social inglesa la culpable de mi malsana vocación por los médicos y los hospitales en ge...
Para
Alberto Cubas
Fue
la Seguridad Social inglesa la culpable de mi malsana vocación por los médicos y los hospitales en
general. Toda amenaza de infarto, malaria africana, trombosis o derrame, podía
ser conjurada a cualquier hora del día o de la noche, sin gastar un cobre, con
sólo trasponer las altas puertas de algún nosocomio londinense. Mágicos
recintos en donde me libré de grandes y súbitos males, siempre minutos antes de la aparición del primer síntoma. Eran
impecables.
El Saint Mary, de Old Brompton Road, se hallaba a la vuelta de
mi casa. Y, claro está, fui su parroquiano más asiduo. Aunque, en verdad, la
oferta era variada. Todos los hospitales de Londres tenían sus entradas de emergencia
a mi disposición. Algunos eran modernos y otros, más bien, vetustos edificios victorianos.
Pero me acostumbré a no hacer distingos. Así, como quien compra cigarrillos,
les caía de sorpresa y de manera
estrepitosa cada vez que, a mi ver y entender, la insolente Parca me hacía una señal.
Al principio, los galenos se mostraban incrédulos. Tuve que
ingeniármelas para ofrecer, dado el caso, algunos malestares convincentes. Con
el tiempo me volví un experto. No era cuestión de quejarse, así nomás, sin ton
ni son. Yo bien sabía que detrás del esternón irradiaba el dolor del infarto,
que la úlcera al duodeno (aunque usted no lo crea) se podía anunciar en el
hombro derecho y que un simple hormigueo podía dar inicio a un sólido derrame
cerebral. En aquellos
días, el olor del ácido muriático y los fríos metales del estetoscopio hicieron parte de mi
felicidad.
Presentamos cinco piezas del primer poemario del escritor Aquiles Bernabel, Orgániqo, publicado en 2018 Te di naco pa la barca ...
Presentamos cinco piezas del primer poemario del escritor Aquiles Bernabel, Orgániqo, publicado en 2018
Te di naco pa la barca
Nublado el sueño
fallido verso explícito
divagante musa
que pasea por letras
naufragante melodía
columpian las horas como alegrías repuestas
palabras, poemas de amor
lágrimas de honor, barba con estupor
calles en salvación
llamadas con voces que se aíslan en la fachada
como para creer que nunca había oído nada
rodillo viajero, halló su sombra en el pecho
preso
la novela sola se leyó de tanto esperar en el
estante
falsedades, por no decir los sentimientos más
audaces
circunstancias erróneas descritos en los mismos
cuentos
aunque desmayen los sueños de vivirlos y
creerlos
las rosas no nacidas, los pétalos no caídos
han sido condecorados mártires de nuestros
tiempos
amaneció, y siento la noche en mis espaldas
la tibia madrugada entró sin preguntar
y defino mejor estos versos
que son de noche
pensando y creyendo en un
posible amor.
***
Por Gabriel García Márquez A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba...
Por Gabriel García Márquez
A mis 12 años de edad estuve a
punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó
con un grito: ¡Cuidado! El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin
detenerse, me dijo: "¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?". Ese
día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos
de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras. Nunca
como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer
milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté
desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca
hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como
en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o
sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de
publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el
teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la
calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es
el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no
es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de
madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un
lenguaje global.
por Luis Cruzalegui. Me veo regresando al pueblo en donde crecí en aquellas primeras vacaciones de mis años en la universidad para per...
por Luis Cruzalegui.
Me
veo regresando al pueblo en donde crecí en aquellas primeras vacaciones
de mis años en la universidad para perderme y olvidarme de todo: De ir a
nadar al río, de salir con los amigos, de jugar fulbito y de esas
páginas fotocopiadas de El huerto de mi amada, la primera novela
de Bryce que leí. Tenía 17 años. Nunca había leído tanto como en
aquellos días. Luego, perdido mi libro pirata y habiendo comprado una
nueva edición que sacó El Comercio, encontré la primera edición en la
FIL, con la foto en blanco y negro de aquel muchacho flaco y medio
despistado en la carátula, la que había leído en mis vacaciones, pero no
eran hojas fotocopiadas ni estaban mal compaginadas: 23 soles pagué.
Cuando llegué a mi casa, quise hojear sólo las primeras páginas, pero
no pude parar hasta terminarla… Años antes, recuerdo haberle leído
algunas partes de esa novela a una ex enamorada. Y una vez, mientras
navegaba en internet, encontré un blog de música que
me enganchó. El perfil de quien lo administraba mencionaba El huerto de mi amada
como uno de sus favoritos. Quise pensar que la administradora debía ser
una chica, y conocerla… Así es mi relación con Bryce y sus libros.
Cada uno tiene un momento que recuerdo claramente.

Nunca me gustaron las fotografías tamaño carné. Desde pequeño salía más feo que Quasimodo. De acuerdo, reconozco que soy poco agraciad...
Nunca me gustaron las fotografías tamaño carné. Desde pequeño
salía más feo que Quasimodo. De acuerdo, reconozco que soy poco agraciado pero
digamos, que las fotos, flaco favor me hacían. Por más que mi mamá se esmerara
en lavarme la cara, peinarme con gotitas de limón o corregirme al momento de la
fotografía (“Levanta la cara”, “Abre más los ojos”, “Inclínate un poquito a la
derecha”), nada de eso funcionaba, sentía que en cada disparo del flash me iba
desfigurando como el retrato de Dorian Gray.
Por eso, para mí fue un castigo sacado de la santa
inquisición, cuando los negocios empezaron a regalar por cada media docena de
fotos, una instantánea grande, artística decían, con pose de medio lado y mano
en la barbilla. Eso significaba una sola cosa, ampliar mi vergüenza, mis
defectos, mi degradación extrema.
Un relato de Truman Capote . Se publicó originalmente en la revista Mademoiselle en 1956, pero se volvió popular porque Cap...
Un relato de
Truman Capote.
Se publicó originalmente en la revista
Mademoiselle en 1956, pero se volvió popular porque Capote y Random
House decidieron editarlo como un libro independiente en 1966, el mismo
año en el que se había publicado la que sin duda es su obra más
importante y celebrada: A sangre Fría. El cuento largo se convirtió así
en un éxito comercial que tuvo incluso más de una adaptación televisiva. Curiosamente, Un recuerdo de Navidad se ambienta en la modesta
niñez que vivió Capote en Alabama, en el seno de su familia materna. Su
protagonista, una mujer casi anciana pero anclada en su niñez y soledad,
es descrita como la única amiga del narrador, un niño de siete años.
Son dos personajes a quienes hermana la inocencia y un entusiasmo
entrañable por las navidades que Capote, con maestría, jamás deja caer
en lo cursi.
Un recuerdo de Navidad
Imaginen una mañana a fines de noviembre.
Una mañana al comienzo del invierno, hace más de veinte años. Piensen en la
cocina de un viejo caserón de pueblo. Su característica principal es una estufa
negra enorme; pero tiene también una mesa redonda muy grande y una chimenea con
un par de mecedoras, frente a ella. Precisamente hoy comienza la estufa su
temporada de rugidos.
Una mujer de gastado pelo blanco está de
pie junto a la ventana de la cocina. Tiene puestas unas zapatillas de tenis y
un pulóver gris muy deformado sobre un veraniego vestido de algodón. Es pequeña
y vivaz, como una gallina bantam; pero tiene los hombros horriblemente
encorvados, debido a una prolongada enfermedad juvenil. Su rostro es notable,
semejante al de Lincoln, igual de marcado, y teñido por el sol y el viento;
pero también es delicado, de huesos finos, y con unos ojos de color jerez y
expresión tímida.
—¡Dios mío! —exclama, y su aliento empaña
el cristal—.¡Ha llegado la temporada de las tartas de frutas!
Miró al Gato y nos dijo Que Tres-Patines Que estaba de Salida, conseguiría Hierba. Y lo hizo. La Chinita, Lucho, Hugo, Y César, qu...
Miró al
Gato y nos dijo
Que Tres-Patines
Que estaba de
Salida, conseguiría
Hierba.
Y lo hizo.
La Chinita,
Lucho,
Hugo,
Y César, que estuvo
En el Klinoso
No sé cómo le dice
El Co-Director científico
A la mazmorra,
Fumaron mariguana
En el salón de
Billar.
El Universo existe y
Su Director sabe
Más.
Estamos de acuerdo
Con Roberto Carlos:
Qué es la vida, yo
No sé.
Una crónica de Javier Baldeón. E l avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis horas de viaje con e...
Una crónica de Javier Baldeón.
El avión de Patricia aterrizó a las tres de la madrugada. Habían sido dieciséis
horas de viaje con escala en Madrid, en donde durmió las tres que estuvo en el
aeropuerto. Aún se sobaba los ojos
cuando le dijeron que podía bajarse. Afuera la recibió un silbido gélido y la
intemperie estrellada. En el horizonte, como sombras geométricas endureciendo
la noche, se alzaban las pirámides.
—Giza está apenas a veinte
kilómetros de El Cairo —me
explica—, las pirámides se
pueden ver desde allí. Hay unos reflectores enormes que siempre están prendidos.
Encontrar la salida del aeropuerto premió su paso por los
controles. La madrugada no había despoblado las calles. Decenas de hombres llamaban
en distintas lenguas a los turistas. Identificó a los que hablaban español y,
entre ellos, a los de su agencia.
—¿No
sintió miedo de estar sola?
—Ni me
acuerdo. Lo que quería era irme a dormir ya, ya, para despertarme y comenzar a
conocer el país.
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